
BY MARIANO JIMÉNEZ
POR SI LO VISTE
O POR SI NO
Laura (1944), una película que sigue funcionando
Hace muchos años vi Laura, de Otto Preminger, con Gene Tierney y Dana Andrews, y es de esas películas que no se olvidan fácilmente.
Lo que más me gustó entonces —y me sigue gustando ahora— es cómo el detective va resolviendo el caso. Va poco a poco, observando, pensando… y eso te obliga a meterte en la historia. Es de esas películas en las que uno disfruta siguiendo el razonamiento, no solo esperando el final.
Y luego está Laura. Recuerdo perfectamente que me impresionó mucho. No solo por guapa —que lo es—, sino por la presencia que tiene. Es fácil entender por qué todos los personajes están un poco “enganchados” a ella.
También hay algo en la película que para mí es clave: el tipo de cine. Siempre me ha gustado mucho el cine americano en blanco y negro de esa época. Tiene algo especial. Quizá es más sencillo, o más directo, pero es muy auténtico. No necesita grandes efectos para enganchar.
Si alguien no la ha visto, le diría que pruebe. Simplemente sentarse y verla con calma. Y fijarse en los detalles: en cómo se cuenta la historia, en los diálogos, en el ritmo.
A veces, volver a este tipo de cine es una forma muy agradable de recordar que no hace falta complicar tanto las cosas para disfrutar de una buena historia
Torrente Presidente (2026)
Uno se ríe mucho… hasta que empieza a pensar por qué.
Tengo que reconocer que no había visto antes ninguna película de Torrente. Conozco el personaje, como todo el mundo en España, pero nunca me había sentado a verlo. Quizá por prejuicio, o porque no es “mi tipo” de cine.
Pero, como todo el mundo habla de ella fui a verla. Y viendo Torrente Presidente te das cuenta de que detrás de ese humor grosero hay una inteligencia nada despreciable. Santiago Segura, nos guste más o menos su estilo, es un tipo muy brillante. Sabe perfectamente lo que hace, sabe a qué público habla y, sobre todo, sabe dónde tocar para que algo haga gracia, y a la vez incomode.
La película es un poco lo que imaginaba: exagerada, grosera a ratos, con chistes continuos y disparatados. Pero también tiene una visión, casi diría compasiva —aunque disfrazada de burla— hacia ciertas costumbres muy nuestras: la picaresca, la mediocridad ambiental, la facilidad con la que uno puede acabar donde no debería.
Uno se ríe, y se ríe mucho. Eso es indiscutible. El público responde, el ritmo no decae y, por momentos, te dejas llevar sin más pretensiones. Pero luego, al salir, pasa algo curioso. La risa se queda en la sala y aparece una sensación ambigua, que me pareció ver no solo en mi sino también en la gente que salía a mi alrededor. Como si, en el fondo, la película no fuera tan ligera como parecía.
Porque sí, te ríes… pero fundamentalmente porque reconoces cosas. Y ahí es donde la cosa resulta lamentable no solo por lo que has visto en la pantalla sino por lo que has visto también en ti mismo.